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En los fosos
de Europa

   

 

 

 

 

Los muros de la Europa del espacio Schengen están rodeados por un mortífero foso: el mar Mediterráneo. Sólo en 2011, más de 1.500 personas perdieron la vida en el intento de cruzarlo. Muchas huían de las secuelas de la Primavera Árabe, del hambre o de conflictos sin resolver. Los supervivientes de este peligroso viaje hacia las costas del sur de Europa en vez de promesas de asilo, democracia y una vida mejor, se encontraron campos de detención, encarcelamiento por migración irregular o fueron hacinados en barracones.

 

Entre la verja y el foso: Malta, un archipiélago escaso, que alberga el mayor número de refugiados y solicitantes de asilo de la UE. La mayoría malviven apilados en contenedores y tiendas en Hal Far, un viejo hangar y aeropuerto de la Segunda Guerra Mundial, habilitado como improvisado campo de refugiados. En condiciones muy precarias. Atrapados por las kafkianas leyes europeas de asilo y sus tratados. No pueden volver a casa, no pueden marcharse, no pueden trabajar, no pueden ir a ningún lado.

 

Texto, fotos y producción:

Daniel Burgui Iguzkiza

Paula Vilella Gómez

 

 

 

"Ni los perros ni los caballos viven así"

“Ni los perros, ni los caballos viven así”, se quejaba el joven sudanés mientras señalaba un barracón de obra, oxidado, carcomido, el último junto a la verja de este eufemístico ‘Open Center’, una suerte de campo de refugiados, centro de migrantes y hangar abandonado.

 
“Estos barracones quizá estarían bien si no estuviésemos aquí 18 personas tan juntas. Hace calor, los colchones se pudren. La vida es difícil, yo lo sé. Sólo pido moverme libre, una oportunidad, no quiero que me regalen nada. Pero, escucha, nadie aquí te va a hablar bien de este lugar, de Europa, esto no es Europa”, explica indignado Gida, frente al lugar donde duerme.

 

“Yo vivía mejor en Libia, trabajaba en el Grand Hotel de Trípoli, limpié coches, retretes, trabajé en la construcción, de todo, pero llegó la guerra. Salí hace cuatro años de Darfur, mi tierra. Si pudiese volver, regresaría, pero allí también nos querían matar”, se calza un auricular en la oreja. Lleva seis meses en Malta y le han rechazado su solicitud de asilo como refugiado.

“Los guardias no se mueven de la entrada, no os van a ver”. Nos invitaba Ahmed, amable somalí, a atravesar la desvencijada valla trasera para que pudiéramos entrar en Tent Village, una ciudad de tenderetes y tiendas de ACNUR, un lugar que el gobierno maltés por vergüenza ni quiere enseñar. Rehusamos la invitación para no causar más problemas a este hombre de americana roída, de mangas grandes, barba y sonrisa amplia que insiste en mostrarlos las condiciones en las que vive aquí.

 

Ahmed huyó de dos décadas de guerra y hambre para buscar asilo en Europa, cruzó desiertos en los que, como cuenta Shami, “quieres morir y no puedes, agonizas”. Con suerte el viaje desde Somalia a Malta puede reducirse a 5.000 kilómetros. Ahmed y Shami después cruzaron el mar, ése que engulle hombres y mujeres: en 2011 el Mediterráneo fue el más mortífero del planeta. “Vi morir a mucha gente, de mi bote solo sobrevivimos dos, pero lo intentaría de nuevo si tuviese que hacerlo”.

 

 

 

(Esto es un borrador de reportaje amplio y un adelanto de un proyecto a largo plazo sobre las fronteras de Europa)

 

 

 

 

* NOTA IMPORTANTE:

Si eres un editor/a interesado/a en publicar este reportaje, una ONG o simplemente deseas conocer más sobre esta historia, por favor, ponte en contacto conmigo en dburgui@gmail.com

 

 

 

 

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