Mi marido
me secuestró

 

 

 

Aunque no hay datos estadísticos fiables, se estima que una de cada tres mujeres contrajo matrimonio en la república de Kirguistán mediante el rapto. Las jóvenes esposas fueron forzadas a casarse con un hombre que las secuestró, la mayoría de las veces un desconocido y a menudo de forma violenta.

 

 

 

 

Es el día de San Valentín y la mayoría de las alumnas y alumnos adolescentes de la escuela de idiomas donde trabaja Gulnisa* en el centro de Bishkek, la capital del país, andan muy revueltos y risueños. Los pasillos han sido decorados con corazones y otros motivos bastante horteras con la excusa del día de los enamorados. Se ve a algún mozo kirguís, desfilar entre las calles de al lado, revestidas en tremendas carcasas de hielo, con ramos de flores.

 

“¿En España se celebra San Valentín?”, me pregunta Gulnisa, una joven de 24 años que es aquí profesora de inglés, de ruso, lengua kirguís y además tiene algunas nociones de francés. “La verdad es que no mucho, es una fiesta bastante comercial”, trato de atinar con mi respuesta. “Aquí, en este país, el amor es algo complicado”, replica ella.

 

Aprovecho precisamente ese momento de confianza y sinceridad para preguntar sobre un asunto que está presente en la vida de muchas mujeres en esta pequeña república centroasiática: aproximadamente una de cada tres jóvenes contrae matrimonio a la fuerza, mediante el rapto por un desconocido. Gulnisa no titubea y al ser preguntada por este asunto, se señala contundente el anillo de su dedo anular, la alianza de bodas, y sentencia: “Mi marido me secuestró”.

 

Gulnisa es una joven formada, que estudió traducción e interpretación de lenguas modernas en la universidad, aunque dejó la carrera a medio terminar por su inminente boda. Mientras era universitaria aprovechaba las vacaciones de verano para trabajar como guía de viajes, paseando turistas holandeses, alemanes, americanos y franceses por las montañas del país. En una furgoneta viajaban ella y otro joven casi de su edad, de chófer y guía. Juntos pernoctaban con los turistas en yurtas y pueblachos. “Nos reíamos mucho, era un trabajo divertido”, cuenta.

 

Un día su compañero de trabajo le confesó que estaba enamorado de ella y le pidió matrimonio. “Era un chaval simpático, hacíamos buenas migas, pero nada más”, relata Gulnisa.

“Es mejor que seamos amigos”. Gulnisa pronunció esta fórmula de uso y extensión universal por todo el planeta para rechazar con amabilidad los sentimientos no correspondidos. El muchacho, aunque dolido, aparentemente aceptó la realidad. Unas semanas más tarde, como era habitual, él le propuso acercarla desde su casa hasta la universidad en coche.

 

Sin embargo, Gulnisa pronto se percató de que el trayecto era otro. Aunque no fue de forma físicamente violenta, mediante el engaño el joven la llevó hasta el hogar familiar, donde esperaban la madre -futura suegra-, la tía y la abuela del joven. Acababan de secuestrar a Gulnisa. Encerrada en el hogar de su amigo y pretendiente, despojada del teléfono móvil, no tenía mucha escapatoria. Las mujeres de la casa trataron de convencerle de lo buen marido que sería. El padre del Gulnisa era un viejo agente de Policía retirado pero tampoco era una buena baza para salvarla. “Es que mi padre también secuestró a mi madre y hemos sido una familia feliz, ¿qué iba a hacer?”, relata Gulnisa. "Lloré mucho". Una vez que pasase esa noche en esa casa del joven, su honor siempre sería puesto en entredicho.

 

Finalmente contrajo matrimonio con su raptor. Hoy es madre de un niño de dos años. “¿Amas a tu marido? ¿Le quieres?”, pregunto. “Es un hombre bueno, me cae bien”, acierta a contestar Gulnisa con resignación. Y reconoce cómo siente envidia y admiración de una amiga que acaba de regresar de Alemania y terminó la carrera. “Yo quería ser traductora”,  explica.

 

El caso de Gulnisa es tan sólo uno entre muchos y quizás uno de los más livianos. Bermet, por ejemplo, fue secuestrada por un desconocido una tarde cuando salía de clase. Forcejeó durante más de tres horas en un automóvil, rodeada por desconocidos. Fue trasladada a casa de su secuestrador, hoy su marido. “Dejé de luchar porque pensé que me quedaría sin fuerzas”, cuenta hoy en casa de su suegra, con el pañuelo blanco de recién casada y embarazada de cuatro meses.

 

“Lo más duro fue explicárselo al que entonces era mi novio, el hombre al que amaba. Él simplemente no pudo hacer nada”, dice a solas. Jyldyz no tuvo tanta suerte y en uno de esos forcejeos fue estrangulada. El joven que la secuestró se suicidó unas semanas más tarde.

 

Los suicidios entre jóvenes son habituales en este país, en el que la práctica de las bodas por secuestro está penada por la ley, pero nadie ha sido condenado nunca por un hecho que muchos revisten de tradición, a pesar de que no tiene encaje en el Islam ni en la tradición nómada. Sólo en tiempos de pastoreo cuando dos jóvenes se amaban y el novio no podía pagar la dote a la familia de la chica, los dos enamorados convenían en organizar un secuestro por amor.

 

La boda de Mariam y Solo sí se hizo de esa manera. Pero es una extrañeza, Solo no quería secuestrar a Mariam, él es un joven muy religioso y está convencido de que casarse de esa manera no es de buen musulmán. Pero pasan los años de noviazgo y él no consigue ahorrar suficiente dinero como para pagar la boda, la familia de ella es bien acomodada, su suegro se dedica a la construcción. Un buen día ella se lo propone: “Ya estoy harta de esperar, secuéstrame esta semana y nos casamos”.

 

Kuban tiene 32 años y conoció a su mujer en una discoteca cuando estudiaban en la universidad, él es pastor nómada aunque estudió Ingeniería Agrónoma en tiempos de la URSS. Se enamoró, sedujo a la que hoy es su mujer y se casó por amor. A pesar de que vive en una zona remota, es un cabrero muy fresco e inteligente. Él tiene una hija de apenas tres años: “Nunca permitiré que secuestren a mi hija, eso de las bodas por rapto ni es una tradición ni es nada, es de malas personas”, sentencia.

 

 

 

* Algunos nombres y detalles han sido cambiados u omitidos para preservar la identidad de las protagonistas.

 

 

 

NOTA IMPORTANTE:

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