Pirineo Express

 

En 150 años casi mil kilómetros de vías han intentado en balde domar esta cordillera a fuerza de latigazos de hierro. Aun hoy atravesar los Pirineos en tren es una proeza. Esta es la crónica de un zigzagueante inter-rail pirenaico del Atlántico al Mediterráneo.

 

 

       
     

 

 

Han pasado 200 años desde que el primer ferrocarril de pasajeros unió Manchester con Liverpool. Desde entonces hemos embreado carreteras en desiertos de arena y de hielo, cruzamos el mundo en una tarde, catapultamos a hombres al espacio y los paseamos por la Luna, incluso nos hemos asomado al abismo de nuestras entrañas. Sin embargo, viajar por los Pirineos en tren hoy sigue siendo épico.


Ni en 150 años y ni con la fuerza de mil kilómetros de vías hemos conseguido domar a la bestia pirenaica. Arquitectos e ingenieros se han afanado en doblegar estas montañas con latigazos de hierro, pero ha sido inútil. Las vías, catenarias y puentes se levantan como si estuviesen sobre el lomo de un gran saurio, a sabiendas de que en una sacudida del animal desaparecerán. Apenas hay trenes aquí.


El paisaje quebrado, abrupto y salvaje impone su ley y las líneas nunca trazan un recorrido claro, sino que siguen los retorcidos cursos de los ríos o se alejan de las montañas.

La línea imaginaria que intenta hilvanar los Pirineos de Oeste a Este se inauguró entre 1855 y 1870. En 1855 un tren procedente de Burdeos estrenaba la estación de Baiona y se acercaba a la muga. Allí, pisándole los talones a los Pirineos, comenzaremos este viaje.

 

Aquí la cordillera encuentra la única horma a su zapato: sólo el Océano Atlántico con sus los bramidos y violencia logra sujetar a estas montañas, que se recogen y repliegan frente al gran mordisco del golfo de Vizcaya.


Más adelante quedan estaciones míticas como la de Canfranc, el edificio abandonado más grande de España. Una obra que desafió en vano a los Pirineos y el rey Alfonso XII inauguró al bravucón grito de “¡Ya no hay Pirineos!”. Allí entre ratas y escombros estaban escondidas las cartas que certificaban el paso de 86 toneladas de oro de los nazis. Junto al oro, llegaban convoyes rebosantes de relojes, trajes o instrumentos de música de los judíos acosados y exterminados en Alemania. Los empleados que ganaban sólo 200 pesetas al mes coqueteaban con el contrabando.


O el pequeño andén de Donibane Garazi / San Juan de Pie de Puerto donde comienza el camino de Santiago. Los paisajes bearneses, el funicular de Pau y su espectacular balconada del boulevard que presenta como un coro a nada menos que 83 cumbres de un simple vistazo.

El traqueteo en un ferrocarril decadente hacia Lourdes. Un glamur rancio encantador, asientos de cuero amarillo como de consulta de dentista de hace 40 años en los que uno se queda pegado al sudar.

 

Unos chavales con sotana y alzacuellos, una pareja de ancianas hindúes con sus respectivos ‘bindis' (punto rojo en la frente), y una madre que toquetea su PDA mientras su hijo de cinco años juega con una videoconsola. Todos ensimismados.


Campos de rugby, prados con vacas y ovejas, y nieve y brumas en las montañas. Auténtica bandera de esta cordillera.

El frenesí urbano de Tolouse, los emblemáticos torreones almenados de Foix, raperos y graffiteros que bajan hacia Pamiers, afrofrancesas orondas que dan pecho a nenes durante el trayecto, ciudades rebosadas por balnearios y jubilados, escaladores, ciclistas y montañeros, el borde de Andorra (no hay ni un centímetro de vía férrea en ese país), la Cataluña francesa, Occitania y la costa bermeja.

Un trenecillo de 1910 que trepa hasta los 1.500 metros de altitud y tarda dos horas y media en recorrer 63 kilómetros. Historias de ingenieros como el comandante Giscard que murió en un descarrilamiento sin ver terminada la obra de su vida, el descomunal puente de 80 metros que lleva su nombre y cuelga sobre una de las culebreantes gargantas de la Cerdanya.

De Perpinyá a Coillure un vía hacia el sur en la que en tren más bien navega colgado al borde de un mar manso y turquesa, el Mediterráneo al fin.



 

 

 

 

 

 





       
 
     

 

 

 

 

 





       
 
     

 

 

 

 

 





       
 
     

 

 

 

 

 





       
 
     

 

 

 

 

 





       
 
     

 

 

 

 

 





       
 
     

 

 

 

 

 





       
 
     

 

 

 

 

All content copyright © 2012 Daniel Burgui Iguzkiza